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Web El Patíbulo

martes, marzo 29, 2005

Y digo yo...

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En primer lugar, pedir disculpas ante el enorme abismo de tiempo que separa éste artículo del último publicado. Últimamente he andado bastante ocupado, y es posible que tarde bastante en escribir el próximo, con lo que advierto a un posible seguidor (este es un ente ficticio, similar al demonio de Maxwell, a la vista de las escasas visitas que recibe mi humilde bitácora) de que no se desespere. Este blog seguirá publicando, aunque con una periodicidad que no merecerá llamarse periodicidad, me temo.
Hechas las preceptivas excusas y advertencias de rigor, ya me introduzco en el tema del artículo.

Llevo un par de días debatiendo conmigo mismo sobre si debía ser publicado este post, y finalmente me he decidido a ello. Este artículo va dedicado a mencionar la muerte del doctor Fernando Jímenez del Oso. Parte de mis dudas se relacionaban con el hecho de que no estaba seguro si es apropiado que en una bitácora autoproclamada “escéptica”, se haga una dedicatoria a la muerte de una figura “del otro bando” (odio el empleo del termino escepticismo para este movimiento, y odio esa clase divisiones maniqueistas entre escepticismo y esoterismo, o como quiera llamarse, pero a fines prácticos la seguiré). Finalmente, he superado mis reticencias iniciales. Y he adoptado lo que se puede considerar, quizás, una actitud un poco “heterodoxa” dentro de la “ortodoxia escéptica”, de la cual presumo formar parte (repito, que odio estos términos). Haré realidad el castizo dicho español que dice que “en España nadie habla mal de alguien después de muerto.”
Como justificación "oficial" daré la siguiente: el movimiento escéptico surge como reacción frente a la pseudociencia, y en la historia de la pseudociencia hispana, como se suele decir, hay un antes y un después (odio caer en la frase tópica) del carismático psiquiatra.
Aunque he de reconocer que tal justificación ni yo mismo me la creo.
La realidad es bien distinta. En parte, lo escribo para reconciliarme con esa versión anticuada de mi, mi yo infantil. Ese yo, que siendo niño quedaba embobado ante la pantalla de televisión con las intervenciones del honorable doctor; intervenciones que levantaban en mi una mezcla de sensaciones: entre temor ante su sepulcral semblanza (que me ha provocado más de un miedo nocturno), y respeto y admiración ante su sapienzal figura. Y he de reconocer, que a parte de estas emociones que me despertaba su imagen, tras esta superficialidad, en mi interior tenía otro sentimiento: el mismo sentimiento de intriga, de curiosidad, de interés, de querer saber más…(no sé describirlo) que me provocaban los libros de dinosaurios de mi hermano mayor y, como no, cada episodio de la serie “Cosmos” de mi admirado (no hace falta decirlo) Carl Sagan.
Si como decía, creo que era Piaget (la psicología no es lo mío), las experiencias que vivimos de niños nos marcan profundamente de adultos, ésta debe de ser la causa del cierto pesar que me ha despertado la muerte de este personaje. Y quizás esta sea la causa de las “barbaridades” que diré.
En mi opinión, algo diferenciaba a Fernando Jimenez del Oso de otros escritores de temas de “vanguardia”. Hay una diferencia cuantitativa entre él, y sus discípulos o colegas. En mi opinión, una diferencia abismal. En este momento, me dispongo a aclarar que voy a hablar de la figura de Jimenez del Oso personaje, no de Jimenez del Oso persona, pues no lo conocí. Quiero decir, no voy a hablar de la denuncia por plagio que recibió su revista, ni de lo de Alternativa 3, ni de los libros que empleaban su imagen para vender… pues considero que ni viene a cuento, ni pienso que esas cuestiones reflejen el que Jimenez del Oso fuese una mala persona (cosa que no creo, y hasta me niego a creer).

Retomemos, pues, el hilo anterior, lo que diferencia a FJO de otros escritores de lo paranormal. En primer lugar, su manejo del lenguaje. Completamente diferente al de los periodistas de las “nuevas generaciones” de la investigación paranormal El estilo literario del doctor del Oso, en mi humilde opinión de ignorante en temas del lenguaje, era bello, elaborado, efectista; me recordaba, en parte, a la forma de hablar de otros dos “expertos” de lo paranormal, Antonio Ribera y Germán de Argumosa. No estoy de acuerdo con ninguno de los 3 en sus opiniones sobre los temas de los que hablaban, pero servidor no puede dejar de envidiar su empleo de los recursos del idioma. Siempre he creído que estos tres personajes poseían (y poseen, en el caso de Argumosa) una profunda erudición. Lo que hace que me resulte más sorprendente su obsesión con lo paranormal.
Por otra parte, su manera de narrar. El doctor Jimenez del Oso más que responder, hacía preguntas. Sembraba dudas. Incitaba a que tras haber visto uno de sus documentales, o leído uno de sus artículos, cojieses un volumen de la enciclopedia, o preguntases a tus “mayores”, para saber más de aquello de lo que había hablado “el hombre de los misterios”. En este sentido, Jimenez del Oso te tentaba a pensar por ti mismo, a que cuestionaras todo. Esto es, en mi opinión, la principal diferencia con respecto a otros “divulgadores”. Es algo muy difícil de conseguir, y él lo lograba. A esto quizás contribuía su formación científica, pues no hay que olvidar que era psiquiatra.
Por último, hay un hecho que pienso que nadie puede poner en duda. Fernando Jiménez del Oso era un excelente comunicador. A ello contribuía, sin duda, su aspecto: esas amplias bolsas bajo los ojos, su piel arrugada, su brillante calva, su espesa barba. Su voz ronca y granítica, su habla pausada. Ese aspecto, que recordaba al de un profesor severo, pero de buen corazón; esa semblanza, mezcla entre la de un bonachón Papa Noel y un antipático sabio griego. Su aspecto independiente del paso del tiempo, cual estatua de mármol, que nos hacía pensar que era eterno y no envejecía. Pero sobre todo, su voz. Esa manera de hablar, tan especial, con la que decía cualquier banalidad, el detalle más supino, el detalle más absurdo… rodeado de un aura de majestuosidad y honorabilidad, que te llevaba a pensar que lo que estaba contando era uno de los descubrimientos del siglo. Sabía colocarse perfectamente al nivel de su interlocutor.
Ya nos gustaría que la divulgación científica, y la hispana en particular, contasen con una figura del calibre del popular psiquiatra. La ciencia adolece de una absoluta falta de capacidad para comunicarse con el ciudadano. Y esto incluso,y lo que es más preocupante, a un nivel docente (hablo en general, no quiero ofender a ningun profesor). Los ejemplos de divulgación científica que hayan trascendido se pueden contar con los dedos de la mano, y la escasa producción de literatura de divulgación que se realiza, muchas veces va dirigida a gente con cierta formación. Hace falta alguien que logre explicarla con palabras claras y llanas, y al mismo tiempo que levante curiosidad, interés, inquietudes… y respeto. Que atraiga tanto a niños como a adultos o ancianos.
Y estas cualidades las tenía el malogrado doctor Fernando Jimenez del Oso.
Por último, me gustaría apuntar una cosa más a favor de este personaje. Sus documentales, lograron cautivar a muchas personas. Mucha gente se ponía delante del televisor para ver lo que tenía de contar, en la época de la televisión única. De esa forma, gente de las más variadas condiciones sociales pudieron saber que en Peru, había unas figuras gigantes en una planicie llamada Nazca (aunque al final, no fuese cierto que eran pistas de aterrizaje de extraterrestres); que en Mexico, hay una pirámide maya asombrosa en Palenque (aunque no fuese cierto que en ella había una lápida OVNI)… En fín, permitió que gente (niños, obreros, universitarios…) sintiesen curiosidad y conociesen lugares y cosas, que de otra forma no habrían conocido, aunque las explicaciones no fuesen ciertas.
Mucha gente se ha introducido en la ciencia por que siente auténtica pasión; esta pasión, muchas veces, se remonta a un suceso puntual en la infancia: un libro que se leyó en la escuela, un telescopio que le regalaron por navidad; los libros que te leía tu hermano cuando eras pequeño, los documentales de Sagan…Estoy seguro, que la curiosidad y el ansia por conocer de mucha gente se remonta a algún trabajo de Jimenez del Oso.
La ciencia debería inventar un Jimenez del Oso. Es una pena que el que ha existido, no haya sido aprovechado en beneficio de la divulgación científica, pues estoy seguro que hoy día estaríamos hablando de uno de los grandes.
Con esto, he escrito todo lo que quería decir y más. Probablemente, un purista del movimiento escéptico considere que tras esto sea una osadía que me autoproclame “escéptico”. Pero, en fin, si este hipotético personaje, no lo es tanto y es real…!que se vaya a hacer cósmicas puñetas!
Yo no creo en las piedras de Acámbaro, no creo que el doctor Cabrera custodiase los restos de una antigua humanidad que convivió con los dinosaurios, no creo en sicofonías, ni en los visitantes de otros mundos, ni creo que las manchas de humedad de una casa de la Andalucía rural sean rostros. No creo que Gaspareto pinte con sus manos lo que los espíritus de grandes pintores le ordenan, no creo que al tomar la ayahuasca el alma abandone el cuerpo… Pero yo, El Verdugo de este Patíbulo, me niego a condenar a este hereje, porque aunque creo que sí ha pecado, no creo que merezca ser ahorcado por ello. Desde aquí, mi particular recuerdo al que siempre recordaré como el entreñable doctor Fernando Jímenez del Oso.

lunes, marzo 07, 2005

La vida, una poderosa fuerza geológica

La vida, una poderosa fuerza geológica (“Life as geological force”). Este es el título de una obra de un paleontólogo holandés, Peter Westbroek, especialista en biomineralización y que realizó estudios en la Cordillera Cantábrica. Tras esta frase, aparentemente inocua, se esconde algo más: un reflejo de una nueva concepción unificada de Ciencias de la Tierra y Ciencias de la Vida, el enfoque gaiano.
Gaia es una teoría (más que una teoría, se podría entender como una nueva forma de concebir las ciencias de la naturaleza) que propone que la superficie externa de la Tierra y todos los organismos que habitan en ella, forman un sistema autorregulado y en homeostasis; estos es, un sistema en equilibrio dinámico, de tal manera que toda perturbación se traduce en una modificación de este sistema para absorber los efectos de la perturbación y así poder mantener unas condiciones apropiadas para la vida. Según ésto, a lo largo de los tiempos, la vida, interactuando con el medio inerte de la superficie terrestre, habría mantenido unas condiciones adecuadas para su existencia. Esto pretende ser un marco en el que encuadrar todos los conocimientos e investigaciones, tanto en bio como en geociencias.

La teoría Gaia fue propuesta por un químico británico, James Lovelock, en los años 70s. Su inspiración surgió cuando, trabajando para la NASA en la misión Viking, se planteó el interrogante sobre de que modo se podía averiguar si un planeta tenía vida. Los análisis basados en la búsqueda de complejas biomoléculas, como aminoácidos o azúcares, no le satisfacían, pues esos análisis, dependiendo del lugar, incluso en algunas zonas de la Tierra darían resultados negativos. Se percató de que la parte más accesible de un planeta es su atmósfera, y al comparar las atmósferas de la Tierra y el resto de los planetas rocosos del Sistema Solar cayó en la cuenta de la peculiaridad de la atmósfera terrestre: la Tierra posee una atmósfera en una situación de desequilibrio químico. Planetas como Marte y Venus tienen una atmósfera cuya composición química está en equilibrio con la composición química de su corteza externa (la parte más superficial de un planeta): grandes cantidades de dióxido de carbono, con pequeñas proporciones de otros gases. Tienen una atmósfera “inerte”: los gases de la misma no reaccionan entre sí ni reaccionan con las rocas de la superficie. En cambio, la Tierra tiene una atmósfera en desequilibrio: su composición está dominada por el nirógeno y el oxígeno (en ese orden), gases muy reactivos, que tienden a reaccionar con las rocas de su superficie. Y otra de sus peculiaridades es su mezcla de gases combustibles, como el metano y oxígeno, que reaccionan vigorosamente entre sí. Por otra parte, si estos gases reaccionasen entre sí, la composición final de nuestra atmósfera sería similar a la de Marte o Venus, incompatible con la vida, por lo menos a gran escala. El hecho de que en la Tierra exista vida desde hace, al menos, 3500 millones de años, nos indica que la atmósfera de la Tierra lleva mucho tiempo alejada del letal equilibrio que poseen el resto de planetas.
Ésta aparente contradicción solo puede ser resuelta, para Lovelock, considerando a la vida como un superorganismo, capaz de labrar la Tierra acorde a sus intereses. La vida actuando como una potente máquina bombeadora de gases, capaz de compensar las pérdidas, que se producen por reacción química de los gases atmosféricos entre sí y con las rocas. Cualquier otra consideración de los ciclos biogeoquímicos (los ciclos que representan de un modo abstracto el tránsito de los elementos químicos de las rocas a la vida y de ésta otra vez a la vida) que no tuviese en cuenta el papel activo de la vida, fracasaría.

Posteriormente, la teoría fue desarrollada por el propio Lovelock, en colaboración con la bióloga Lynn Margullis, y por otros autores. Sentaron las bases para lo que el propio Lovelock considera una nueva disciplina a la que llama “geofisiología”, que trata de explicar el funcionamiento de este superorganismo.

Gaia tiene hermanos: las distintas versiones de Gaia

Una de las críticas más importantes a las que fue sometida inicialmente la teoría Gaia fue la de que se trataba de una teoría teleológica, finalista; para que el conjunto de la vida en la Tierra se comportase como una entidad única y autorregulada, era necesario que los organismos, de algún modo, tuviesen conciencia de lo que hacían y que sus acciones buscasen un fín (para mantener las condiciones apropiadas para su propia existencia). Algo así como las conferencias de lobos de “El libro de la selva”.
Para solventar estas críticas, Lovelock propuso un modelo matemático sencillo al que llamó “el mundo de las margaritas”: era una simulación de un planeta similar a la Tierra, en el que habitaban solo 3 especies: margaritas de color negro, de color gris y de color blanco. Y a esa simulación la sometió a un aumento constante de radiación solar con el tiempo (tal y como sucede en la Tierra: conforme el Sol se consume va incrementándose la intensidad de sus radiaciones). El resultado fue que paralelo a este aumento de radiación, el planeta pasó de estar dominado al principio por margaritas negras (que absorben la luz solar) a margaritas grises, y finalmente cuando la radiación solar era más grande, por margaritas blancas (su mayor capacidad de producir albedo haría que parte de la radiación solar se reflejase, manteniendo la temperatura media próxima a la inicial). Pasado un umbral de radación solar, las condiciones serían imposibles para la vida. Con este modelo sencillo, mostró que se podía concebir un ecosistema que mantuviese las condiciones ambientales constantes (pese a perturbaciones externas; en este caso, un incremento de la radiación solar) y apropiadas para su existencia, sin necesidad de conciencia o de ninguna finalidad.

A la vista de la notable difusión popular que estaba alcanzando la teoría, en 1988 la Unión Geofísica Americana organizó un congreso para discutir los detalles de la teoría. Aquí, un geofísico de la Universidad de Berkeley, James Kirchner planteó una importante aclaración: Gaia se puede concebir como una colección de teorías, donde diferentes investigadores han planteado diferentes versiones del superorganismo. Así estableció la diferencia entre:
- Teorías Gaia “fuertes”: Teorías teleológicas, que le suponen a Gaia una conciencia de si misma. Como hemos dicho, esta versión está lejos de la idea original de Lovelock, y son, a todas luces, teorías acientíficas. Entre estas teorías Gaia se incluyen teorías surgidas a la luz del movimiento de la “Nueva Era, y que establecen relación entre cuestiones como Gaia y la Atlántida o los círculos de las cosechas. No merecen más mención.
- Teorías Gaia “débiles”, entre las que se podría distinguir distintos enfoques: la coevolucionaria, la influencial… En general, se puede decir que estas teorías plantean que la vida influye sustancialmente en las condiciones del medio físico. Aquí, para los fines del artículo, voy a distinguir entre teorías Gaia débiles en un sentido estricto (aquí se podría encuadrar la original, la de Lovelock), que plantean que como resultado de la interacción entre los organismos, y entre estos y el medio en el que se asientan, las características físicas de la Tierra se mantienen apropiadas para la existencia de la vida. Y la teorías gaianas débiles en sentido amplio (o superdébiles), que plantean que las características abióticas de los ecosistemas son modificadas de diferentes maneras por los organismos (Nótese la matización entre por y para).



Gaia, ¿teoría aceptada?

La idea de que los organismos interaccionan y modifican las características ambientales nadie la pone en duda.
Más discutido, en cambio, está la idea de que la vida haya mantenido estas características físicas de la Tierra adecuadas para su preservación.

En mi humilde opinión, considero que el punto acertado se sitúa entre lo que he llamado “Gaia débil ss” y “Gaia superdébil”.
Está claro que ideas tan “extremas” como las de Don Anderson, un geofísico que hacía a la vida la responsable de la existencia de la Tectónica de Placas, parecen “cojidas” por los pelos.
Sin embargo, hoy día se conocen hechos de la historia de la Tierra, y procesos (como los llamados ciclos de retroalimentación climática, con participación de los seres vivos en muchos de ellos), en los que se pone en evidencia que la vida ha jugado un papel trascendental en las condiciones terrestres a escala megascópica. Voy a citar 2 ejemplos:

- Hoy día, parece evidente, que la gran diverisificación alcanzada por las cianobacterias, (unas bacterias fotosintéticas) fue la responsable de la existencia en nuestra atmósfera de oxígeno. Parece claro que hace 2500 millones de años, los niveles de oxígeno comenzaron a aumentar bruscamente como consecuencia de la actividad de estos organismos. Por otra parte, parece estar bien establecido que el contenido actual de oxígeno en el aire (21% ) es mantenido constante debido a que los aportes que hacen los vegetales son iguales que las pérdidas. Otra cuestión interesante, es que en nuestra atmósfera coexisten oxígeno y metano, dos gases que son muy reactivos entre si y en cambio, sus cantidades permanecen más o menos constantes con el tiempo (la actividad industrial ha supuesto una fuente artificial de metano que puede romper este “equilibrio”). Ello parece ser debido a que los aportes que hacen los organismos son los precisos para compensar las pérdidas.
- Hoy día se conocen procesos por los que la vida puede intervenir en el clima a escala global. Un ejemplo es el del fitoplancton. El fitoplancton marino, por una razón aún no entendida, prolifera en epocas glaciares. Cuando los cadáveres de los organismos “fitoplanctónicos” se descomponen, desprenden una sustancia química, el dimetil sulfuro (DMS) que en la atmósfera se oxida para dar lugar a ácidos de azufre. Pero esta oxidación es lenta, y el DMS tiene tiempo para difundirse a la estratosfera. Una vez allí, es donde se oxida, y los ácidos de azufre actúan como núcleos de condensación de nubes. Estas nubes, hacen efecto pantalla para la luz solar, y la reflejan, con lo que la temperatura de la Tierra desciende (esto es lo que se llama albedo). Ello supone mayor proliferación de fitoplancton, y en consecuencia, mayor productividad de DMS, y por ello, menores temperaturas. Es decir, el proceso se realimenta a si mismo. Pero esto no continúa eternamente: llega un momento, en que las temperaturas del agua se sitúan por debajo del óptimo del fitoplancton, con lo que se detiene su proliferación, se reducen los aportes de DMS (reduciéndose con ello el albedo debido a nubes estratosféricas) y habrá una tendencia en este aspecto a que las temperaturas vuelvan a aumentar. Por otra parte, las bajas temperaturas suponen mayor cantidad de tierra descubierta, lo que permite que se instalen ecosistemas vegetales, que reducen el albedo y contrarrestan en cierto modo el efecto debido al fito plancton.

Este último ejemplo ilustra sobre cuán complejas son las relaciones entre los organismos y su medio físico, y como dentro de la biosfera-geosfera se pueden individualizar pequeños sistemas que actúan como auténticos termostatos, capaces de mantener los valores de los parámetros físicos (sea temperatura, o composición del aire, o salinidad del mar) en un punto óptimo adecuado para todos los organismos. Y esto sin necesidad de ninguna conjura o confábulo o conciencia por parte de Gaia.

A modo de conclusión, se podría decir que la idea original de Lovelock era atrevida, pero a la vista de numerosas observaciones, cada vez se puede ver que en cierto modo, su idea de que los organismos intervienen activamente en la dinámica externa de la Tierra era cierta. Quizás se confundió en la excesiva importancia que le concedió, pues sabemos que la biosfera es afectada por perturbaciones externas, sobre las que nada o poco puede hacer su capacidad de autorregulación. Como ejemplo, la caída de un meteorito. Pero también es cierto que los seres vivos no se han limitado ha desempeñar el papel de personaje secundario, meramente pasivo, que clásicamente se les ha supuesto en el teatro del clima. Hoy día sabemos que los organismos tienen cierta capacidad de control sobre el medio en el que se asientan, y que en ocasiones este control puede tener repercusiones a escala planetaria.