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Web El Patíbulo

viernes, enero 07, 2005

¿Es la ciencia neutra?

Hoy he leído en Divulcat un artículo sobre la neutralidad de la ciencia, y me he atrevido a exponer mis opiniones sobre el tema, pese a que he de reconocer mi ignorancia en cuestiones filosóficas muy profundas.

Muchas veces oigo o leo declaraciones de científicos de alto nivel, en los que se percibe una enorme confianza en la ciencia como una forma de conocimiento enteramente objetiva e independiente del contexto social en que se desarrolla.

Sin embargo, en mi opinión humilde esto no es ciertamente así.

En comparación con las otras grandes formas de conocimiento, como son la religión, la filosofía o el pensamiento mítico, es posible que la ciencia sí se trate del conocimiento más objetivo que el ser humano haya desarrollado. Pero dista de estar exento de influencia social.
Una de las grandes ventajas de la ciencia, es que se pone sus propios límites. La ciencia solo trabaja con aserciones que puedan ser falsables, con lo que con esta autolimitación, consigue desarrollar un conocimiento bastante más objetivo que las religiones o sistemas filosóficos. A parte de esto, la ciencia dispone de finas herramientas y poderosas armas para corregir sus propios errores y progresar (lo que con mucha retórica, Sagan llamaba equipo de detección de camelos).
En este sentido, sí es la forma de acercamiento a la realidad más objetiva que se ha desarrollado.

Pero esta manera de entender la ciencia, solo toma en consideración la ciencia como una entidad abstracta. No se puede negar que la ciencia, de un modo conceptual, sí es objetiva.
Pero esto solo es media verdad. La ciencia de un modo abstracto es objetiva; pero no se debe olvidar, que quien emplea la ciencia, los científicos, son humanos y como tales humanos, solo serán capaces de ser medianamente objetivos. Muy poca gente negaría que la ciencia influye en la sociedad. La relación contraria, que la sociedad influye en la ciencia, es más polémica.
Sobra decir que el desarrollo tecnológico, es decir, la ciencia aplicada a la sociedad, está muy influído por ésta. Las aplicaciones de la ciencia vienen decididas por la sociedad (aplicaciones que, desgraciadamente, no siempre son precisamente para beneficio de todos). Son las necesiades sociales (ya sean meédicas, militares, políticas,…) las que impulsan el desarrollo tecnológico. Piénsese si no en el Proyecto Manhattan (del que Oppehneimer dijo que representaba el momento en que la ciencia conoció el pecado).
Sin embargo, cuando nos salimos de la ciencia aplicada y entramos en el ámbito de la ciencia básica, la cosa quizás no sea tan clara.
En la investigación en ciencia básica hay muchos intereses en juego, y son estos los que “ordenan” muchas veces la dirección de los proyectos de investigación. La investigación científica depende de unos presupuestos, y así habrá determinadas líneas de estudio que gozarán de más apoyo económico, mientras que otras tendrán mayor dificultad para prosperar. Por otra parte, cuando hay un paradigma científico bien establecido, aquellos trabajos que se salgan de la convencionalidad que marca éste paradigma, no gozarán de un buen apoyo por parte del resto de la comunidad científica, ni una gran repercusión. Su destino más probable es el olvido y la indiferencia. Las revoluciones científicas (al estilo de Kuhn) llevan tiempo y son muy lentas. Recordemos, por ejemplo, que llevó cerca de 40 años que las ideas movilistas de la tectónica de placas se instalaran definitivamente en geología y geofísica.
Estos dos hechos revelan que la ciencia no está exenta de influencias externas. Hay muchas cuestiones que influyen en la “Big Science” como para obviarlas. No obstante, y eso es lo que la diferencia de cualquier otra forma de conocimiento, la ciencia goza de la poderosa capacidad de reciclarse a sí misma, y de corregirse engullendo sus errores.

El paleontólogo Stephen Jay Gould escribió una deliciosa obra, La falsa medida del hombre, en la que se escondía una voraz crítica de los test de inteligencia. Por esa obra circulaban los nombres de grandes investigadores de la mente, como Paul Broca, Cesare Lombroso o Ciryl Burt, y se mostraba como sus trabajos estaban en relación directa con el contexto social en que se desarrollaban. Según Gould, toda la investigación en psicologia de la inteligencia del siglo XIX a mediados del XX estuvo poderosamente influída por las ideas sociales.
Unas conclusiones parecidas se exponían en la obra de tinte similar, No está en los genes, escrita, entre otros, por Richard Lewontin, en que se rebaten las teorías del determinismo biológico y las teorías sobre las bases genéticas de las diferencias entre grupos humanos y de las conductas humanas.
La historia de la biología proporciona muchísimos ejemplos de cómo es influenciada por las ideas sociales.
Un sistema de clasificación de los seres vivos, como el que propuso Linneo en el siglo XVIII (en cierto modo aún vigente; es el sistema de clasificación jerárquico basado en reinos, familias, especies,…), solo hubiese sido posible en una sociedad en la que se atribuía la diversidad de la vida a la acción del Divino Hacedor, y en la que se creía que las especies animales eran entes inmutables y estáticos.
Las ideas catastrofistas de Cuvier, que fueron un obstáculo a la difusión del transformismo de Lamarck, estaban, en cierto modo, influenciadas por el clima religioso de la época. No podemos olvidar, las oposiciones que encontró, por parte del mundo religioso, la teóría de la evolución por selección natural de Darwin en sus primeros años.
Incluso, pensadores evolucionistas posteriores, como el jesuíta Teilhard de Chardin, desarrollaron su visión finalista de la evolución, influenciados por sus firmes convicciones religiosas. Ejemplo similar, sería por ejemplo, el modelo de evolución por ortogénesis (la idea de que los organismos evolucinan por una fuerza externa cuasidivina que dirige sus cambios) que se planteaba a principios del siglo XX.

Otro buen ejemplo de la sociedad influyendo en la biología es la cuestión de la generación espontánea: el hecho de que esta idea se remontase a Aristóteles, y que fuese defendida por los grandes pensadores de la Iglesia, como Santo Tomás o San Agustín, constituyeron suficiente argumento de autoridad para que durante mucho tiempo se asumiera como cierta.
La biología también dispone de un par de buenos ejemplos de empleo de las ideas científicas como legitimadoras de ideas sociales: el darwinismo social, que supuso el uso de la idea de selección natural y de competencia como justificadora del capitalismo; o el resurgir y vigencia del lamarquismo y su herencia de los caracteres adquiridos durante toda la primera mitad del siglo XX, en la antigua Unión Soviética de la mano de Tromfin Lysenko.

Pero no solo la biología o la psicología, o el pensamiento evolucionista se han visto sometido a influencias sociales. A mi modo de ver, otras ramas de la ciencia, a priori más resguardadas de modas y más objetivas, como la Física o la Química, se ven sometidas a influencias.
Y no hace falta remontarse al archirepetido ejemplo de la teoría heliocéntrica de Galileo para justificar esa afirmación.
Toda la teoría del calor y la termodinámica se desarrolló a partir de finales del siglo XVIII, en mi opinión, influído ello por la presión que supuso la Revolución Industrial.

El gran químico físico, recientemente fallecido, Ilya Prigogine, premio Nobel de Química en 1977, escribía en uno de sus libros como los distintos conceptos científicos de tiempo están influídos por las ideas filosóficas del físico que se trate.

En Química, por su parte, durante la segunda mitad del siglo XVIII, la comunidad científica se encontraba dividida entre mecanicistas, que trataban de explicar los fenómenos biológicos como se explicaban los compuestos inorgánicos; y los vitalistas, que planteaban que las sustancias orgánicas no podían sintetizarse en el laboratorio, y que solo podían construírse por acción de una “fuerza vital” que diferenciaba lo vivo de lo inerte. Importantes químicos orgánicos como Berzelius defendían las tesis vitalistas. Hubo que esperar a que en 1828 Wöhler sintetizara la úrea, y a que, posteriormente, otros químicos hicieran lo propio con otros compuestos, como Kolbe con el acético, Berthelot con el metano,…, para que la idea de la fuerza vital fuese finalmente desterrada. No hace falta decir que esta idea del vitalismo y la fuerza vital tiene unas ciertas reminiscencias religiosas, y que tras ella se esconde la idea de que hay una mano directora de la creación (llamada fuerza vital) que comvierte lo muerto en vivo.

La idea de creación del universo a partir de la nada, como supone la teoría del Big Bang, solo podría haber surgido, a mi entender, en occidente, con nuestra visión cristiana del mundo. Es significativo, que uno de los padres del Big Ban, el astrofísico y matemático francés George Henri Lemaître, fuese sacerdote. Como también lo es el hecho de que, grandes filósofos y pensadores ateos y materialistas como Kant, Engels o Marx, fuesen partidarios de la idea de un universo infinito que había existido desde siempre.

Recuerdo ahora, también, haber leído en cierta ocasión que la Sociedad Japonesa de Física había decidido expulsar de sus reuniones a los físicos que trabajaran para militares en reacción de protesta ante la manipulación de la ciencia.

A mi juicio, todo esto son ejemplos que muestran que la ciencia no es, ni mucho menos, ajena al contexto social en que viven los científicos (advierto, también, que la idea ni es nueva, ni es mia, jeje).
Quizás la ciencia, como idea abstracta, como herramienta sí sea objetivo. Pero sus productos, los distintos paradigmas científicos, están lejos de alcanzar la neutralidad y de estar libres de la influencia social, o por lo menos de la influencia de ciertas “verdades” asumidas. Como muy bien supo darse cuenta Heisenberg con su principio de incertidumbre, la explicación depende de quien la explica.