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Web El Patíbulo

sábado, diciembre 18, 2004

El sutil arte de detectar camelos

George Cuvier (1769-1832) fue una de las mayores autoridades académicas de su época.
Proveniente de una familia aristocrática, se mostró atraído por la historia natural, y un trabajo suyo sobre anatomía de los moluscos, llamó la atención de otro de los grandes naturalistas del momento, Geoffroy de Saint-Hilaire. Por invitación de éste, Cuvier ingresó como profesor en el Museo de Historia Natural de Paris, y su talento y sagacidad, le hicieron prosperar rápidamente, hasta el punto de convertirse en una de las personalidades cientificas más reputadas e influyentes del siglo XIX. En su momento decir Cuvier era un argumento de autoridad suficiente para apoyar una idea.
Una de las mayores aportaciones de Cuvier a la historia de la ciencia fue su principio de correlación orgánica, según el cual las diferentes partes y órganos de los organismos se hayan relacionadas como un todo, de tal manera que la estructura de uno depende de la del resto. Es decir, la forma de un órgano está relacionada con la del organismo y el resto de partes (Le ruego al lector que retenga un tiempo en la mente ésta idea de la correlación orgánica, pues servirá para comprender mejor la anécdota que se relatará más adelante). Basándose en ese principio, logró reconstruír infinidad de restos de organismos fóiles en base tan solo a restos sueltos. Este principio fue resumido por él mismo con gran soberbia con la frase “Dadme un hueso y os reconstruiré el animal”. Reconstrucciones que hicieron de él una figura legendaria.
Estableció también una clasificación de los animales en 4 tipos fundamentales: Vertebrados, Articulados, Moluscos y Radiados.
Cuvier le dio carácter cientifico a la, ya entonces vieja, idea de las catástrofes introduciendo el concepto de extinción. Cuvier interpretaba la historia de la Tierra de un modo muy particular: para él, la Tierra a lo largo de su historia había pasado por períodos donde sucedieron procesos muy intensos, a los que llamaba Revoluciones (omitió el empleo del término catástrofe, pues tenía fuertes connotaciones sobrenaturales), que habrían acabado con las formas de vida de cada etapa; tras cada revolución, tendría lugar una nueva creación de vida, con lo que se originarian nuevas formas. Es lo que se ha dado en llamar Teoría Catastrofista.
Se opuso a la idea de evolución, y mantuvo un enfrentamiento público con Saint-Hilaire a este respecto. Las ideas de ambos sobre la historia natural se fueron distanciando con el tiempo.
En contra de lo que se dice muchas veces, Cuvier no le dio a su teoría catastrofista ningún significado religioso ni trascendente.

Pese a que sus ideas sobre la evolución se han mostrado erróneas, sin duda fue un gran científico. Introdujo el concepto de extinción y de revolución, que, en cierto modo, aún sigue vigente en geología en la idea de evento estratigráfico. Se considera el padre de la paleontologia como ciencia y de la anatomía comparada y, sin duda, fue uno de los grandes anatomistas de la historia. Extendió la biología al estudio de las formas fósiles y puso de relieve la relación entre los fósiles y las rocas a las que aparecían asociados. Y aunque se opuso al concepto de evolución, estableció una serie de ideas que constituyeron una parte importante de la idea de evolución, como son: la idea de migración y dispersión de los organismos; la idea de que la función determina la forma del órgano y el carácter aleatorio de la variación.

Tras ésta introducción a la figura de Cuvier, quisiera contar una anécdota que circula sobre él. Resulta que al parecer, a Cuvier le sucedía algo que es usual en los profesores: no levantaba la simpatía de sus alumnos (y seguramente, como sucede con casi todos los profesores, probablemente este sentimiento de repulsa estaba bien merecido).
En cierta ocasión, sus alumnos decidieron vengarse del odiado profesor. Para ello planearon una broma que consistía en que uno de ellos se colase en su dormitorio disfrazado del demonio(con rabo y cuernos, y todo eso), mientras el resto, escondidos en la oscuridad, esperarían para reírse de la desgraciada eminencia.
Le pido ahora a quien esté leyendo esto, que se haga una pregunta. Pónganse en la piel de un hombre de comienzos del siglo XIX. Supongan que tienen unas firmes convicciones. Que están en su habitación, durmiendo plácidamente y que de repente se depiertan bruscamente, y de la oscuridad destaca la silueta del Demonio, que además está haciendo movimientos y sonidos amenazantes, y se dirige a ustedes diciendo: “Soy Satanás y voy a comerte.” Ahora pregúntense, ¿cuál sería su reacción con todos estos antecedentes?
Me imagino, que como mínimo, sobresaltarse.
Sin embargo, la reacción del inefable Cuvier fue bien distinta, y bastante más elogiable; tras observar al “demonio” exclamó: “no puedes devorarme; tienes pezuñas y cuernos. El principio de correlación orgánica me dice que eres herbívoro”. La reacción de todos los alumnos fue la de aplaudir a su maestro.

La sagacidad y la astucia que mostró Cuvier son, como poco, encomiables.
Alguien que manifieste ese espíritu crítico y esa manera de razonar, revela que es alguien que no solo ejerce la ciencia, sino que la ha asumida y la concibe como una forma de entender el mundo.
Quizás la anécdota sea pura leyenda, pero pone de relieve algo que todo ciudadano interesado en ciencia debería tener: la capacidad de razonar criticamente y de saber dudar. Sustituyamos la broma y el demonio, por un relato de OVNIS, de manchas de humedad en la pared de una casa, de apariciones marianas,…o incluso, las noticias cientificas que muchas veces nos plantean en prensa (donde muchas veces nos venden con titulares rimbombantes experiencias cientificas que no son tanto, o que están hechas con el mínimo rigor).
Es muy importante en tales casos saber usar la capacidad de dudar. Saber razonar, y saber distinguir una argumentación consistente de otra inconsistente. No ya solo si se quiere ser un buen profesional en ciencia, sino también si se quiere ser una persona difícil de engañar (como lo era el barón Cuvier).
De esta anécdota podemos sacar una lección valiosa que nos servirá si queremos ser artistas en el sutil arte de detectar camelos.