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Web El Patíbulo

martes, noviembre 09, 2004

El hombre que habló en nombre de la Tierra*

En mi diario periplo por internet, en mi visita habitual al excelente blog de “Luis Alfonso Gámez” he recordado algo de lo que me había enterado hace días en un artículo de Javier Armentía: hoy, Carl Sagan, habría cumplido 70 años, de no habérselo llevado prematuramente una leucemia hace 8 años.
Tal día como hoy, hace 70 años veía la luz una figura singular, Carl Sagan.
Excelente divulgador, de no haber sido por su activa difusión de la ciencia, probablemente no hubiese marcado tanto. Muchos detractores de su figura han dicho que tan solo fue un científico mediocre. Grandiosa equivocación.
Una personalidad como la suya, que hacía gala de una portentosa erudición, no podía tratarse de un mal científico.
Sagan puede considerarse, con permiso de Eugene Shoemaker, uno de los padres de lo que hoy se conocen como ciencias planetarias. Comprometido con la exploración científica del espacio desde los mismos inicios de la carrera espacial, impulsor del programa a Marte, estudioso de las condiciones climáticas de Venus, el primero en proponer junto a Mullen una solución a la paradoja del Sol frío, presidente de la sección de planetología de la Unión Geofísca Americana… todo ello son razones más que suficientes para considerarlo un científico notable. En lo que quizás tengan parte de razón sus detractores, es que basándonos únicamente en sus méritos como científico, probablemente no hubiese alcanzado la trascendencia que alcanzó.
Pero es que lo que Sagan realizó por la ciencia más allá de su ámbito de estudio, ensombrece todo lo anterior y cualquier labor realizada por otro científico en muchos años. Y es que Sagan fue, ante todo, un divulgador.
Enfrascado en su idea de acercar la ciencia al gran público, logró algo que muy pocos científicos lograron: traspasar las barreras de la ciencia para convertirse en un icono social de su época, la Era Espacial. Su cuerpo delgado, su amplia sonrisa y su aire desenfadado se convirtieron en el estereotipo de científico para los nacidos bajo el signo de las grandes hazañas espaciales, labrando su nombre con letras de oro en la memoria colectiva de varias generaciones de una sociedad, cuyo bienestar descansa, en parte, en los logros tecnológicos alcanzados en la insistente búsqueda allende nuestra Tierra.
En vida criticado por muchos, admirado por bastantes, tras su muerte consagrado y recordado con nostalgia y melancolía por todos; ésta es una dignidad solo alcanzable para los genios en lo suyo.
Criticado por algunos porque sus obras eran demasiado sencillas, muy simplificadas, porque no se exponían teorías complicadas, porque a la hora de hablar de temas controvertidos solo exponía la teoría imperante, dejando de lado las alternativas,…Tienen razón. Pero quien hable así es porque no tiene claro el auténtico concepto de lo qué es la divulgación científica. Sus libros no iban destinados a la público científico, pues ellos no necesitaban instrucción. Sus libros iban destinados al hombre de a pie, a la persona de la calle. A toda esa gran mayoría de personas que no disponían de suficientes conocimientos científicos, y que por ello, no veían con buen ojo a la incomprensible (en parte, debido a la incapacidad de los científicos para conectar con el profano)ciencia, que le estaban dando la espalda a la ciencia, refugiándose en las supersticiones, en las ideas difundidas por los, por él llamados, “fabricantes de paradojas”.Como él se encargaba de recordar, era la deuda que los científicos le debían al contribuyente, que con su dinero garantizaba la continuidad de la investigación científica. En este sentido, como en todos los artistas, la creación literaria de Sagan es hija de su tiempo, pero también, como en los grande genios de la literatura, sus obras fueron capaz de traspasar las barreras del espacio y del tiempo, sobreviviendo, aún hoy, con prácticamente la misma vigencia de hace 30 años. Sus obras rezumaban el olor del que se sabe superior, pero no emplea su superioridad para humillar, sino para ayudarnos a los demás a alcanzar su estatus. No escribía obras sobre ciencia con el afán de buscar notoriedad, o de destacar sobre sus colegas, sino acercar la ciencia a una sociedad que dependía de ella pero que, paradójicamente, la miraba con recelo.
Su retórica, su verbo, su capacidad por introducir de lleno al lector en lo que decía y de despertar pasión por la ciencia, su envidiable elocuencia, su abrumador eclectismo, hacen de él un artista irrepetible, con una capacidad de cautivar que solo he vuelto a ver, intuida, en la obra de otros dos grande genios de la divulgación, como fueron Isaac Asimov y Stephen Jay Gould.
De formación humanista, gozó por ello de un cuerpo de conocimientos y de una visión de su época difícilmente alcanzable por un científico de la actual ciencia “ultraespecializada”. Hizo de la ciencia una forma de entender la vida, y de la divulgación, un contagioso alegato de sus ideas y de esta actitud.
Fue socio fundador de la CSICOP, primera sociedad escéptica del mundo, en la que militaron, entre otros, Gould, Gardner y Asimov. Y es que uno de los problemas que más le preocuparon fue la vigencia que estaban adquiriendo en la sociedad las pseudociencias y de la falta de pensamiento crítico en la sociedad. Esta preocupación nos dejó grandes joyas, como “El Cerebro de Broca” o “El mundo y sus demonios”. Las explicaciones que ofrece en el primero de estos libros para los sueños premonitorios, o la réplica que hace a las descabelladas teorías de Velikovsky no tienen desperdicio. Se convirtió en baluarte del pensamiento crítico, y en la contrarreplica del movimiento escéptico a figuras como Von Däniken o Kolosimo.
Padre “ideológico” del proyecto SETI, no resulta por ello sorprendente que la NASA le encomendara a él la finalidad de elaborar un mensaje a posibles civilizaciones extraterrestre, a incorporar en la sonda “Voyager”, primer artefacto humano que abandonará el Sistema Solar. Fundador de la Sociedad Planetaria, en las páginas de la revista de esta institución mantuvo un debate con el biólogo Ernst Mayr sobre lo apropiado o no del proyecto SETI, del cual salió airoso y victorioso con una elegancia admirable.
Decir Carl Sagan, es hablar de ciencia con letras mayúsculas, y hablar de su muerte, es hablar de la muerte de una parte muy importante del pensamiento de finales del siglo XX.
En definitiva, el mayor logro de Sagan quizás no fuera su importante labor como científico, ni tan siquiera, su ingente creación literaria. Probablemente, lo más importante hayan sido todos esos cientos, quizás miles, quizás miles de millones de científicos, que lo son porque de niños quedaron maravillados ante las palabras tan cautivadoras que salían de la boca de este carismático personaje.
Para terminar, como no creo que pueda expresarme mejor que él, este humilde discípulo acude a uno de sus maestros: “La época más excitante, satisfactoria y estimulante para vivir es aquella en la que pasemos de la ignorancia al conocimiento de estas cuestiones fundamentales, la época en que comencemos maravillándonos y terminemos por comprender. Dentro de los 4000 millones de años de historia de la vida sobre nuestro planeta, dentro de los 4 millones de años de historia de la familia humana, hay una sola generación privilegiada que podrá vivir este momento único de transición: la nuestra”**
Y esta generación, ha tenido la suerte de contar con un cronista de excepción. Se llamaba Carl Sagan.
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* La idea del título está extraída de Francisco Anguita, del título del último capítulo del libro "Crónicas del Sistema Solar", Ed. Sirius.
** "El cerebro de Broca" Carl Sagan, Ed. Critica. Traducido por D. Brgadà y J. Chabás