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Web El Patíbulo

sábado, noviembre 13, 2004

Dándole filo a la navaja... de Occam

Occam y su navaja suiza

A mediados del siglo XIV, un teólogo y filósofo inglés, Guillermo de Occam, formuló lo que se podría llamar un principio, un principio del pensamiento, y que ha pasado a la historia de la filosofía de la ciencia. Es el llamado “principio de economía del pensamiento”, o “principio de parsimonia”, o más comúnmente, la “navaja de Ockam”. En su formulación original, esta regla dice “Entia non sunt multiplicanda sine necesitate”, que los que saben de latín dicen que se traduce como que “los entes no deben ser multiplicados si no es necesario”.
También ha sido reformulado en muchas ocasiones como “la explicación mas simple es siempre la mejor” o “los razonamientos que conllevan menor número de pasos son los más eficaces”. Como definir la simplicidad puede ser polémico, considero que para las intenciones de este artículo, la formulación más adecuada es la original.
Una idea sencilla es este principio, pero que tiene y ha tenido unas implicaciones enormes. Realmente, no se trata ni de un principio ni de una ley científica, pero si es una poderosa herramienta, que guiando al proceso de pensamiento puede producir fructíferos resultados. Según este principio, si tenemos 2 modelos científicos para explicar un fenómeno, aquel que sea más “sencillo” será digno de mayor consideración. En realidad, esto no es así. Como el método científico impone, ha de ser la comprobación experimental, la verificación empírica, la que ha de decidir entre los 2 modelos. Pero, en muchas ocasiones, la complejidad del fenómeno a estudiar impide una eficaz comprobación empírica, o la misma prueba experimental no permite decidir entre los distintos modelos.
Es entonces cuando la afilada navaja aparece para cortar la tarta de ideas.
A lo largo de la historia de la ciencia tenemos multitud de ejemplos en los que el arma blanca de Occam ha hecho acto de presencia (muchas veces sin que los científicos hubiesen reparado en ella).
La inexistencia de las fuerzas de inercia; el principio de relatividad especial propuesto por Einstein, que supuso el destierro de la idea de éter; la unificación del concepto de onda electromagnética y del concepto de partícula en el de cuantón, en mecánica cuántica,… Todos son ejemplos de momentos de la historia de la ciencia en que el condenado cuchillito ha aparecido para pinchar.
Cuando en los estudios de relaciones evolutivas entre distintos grupos de organismos recurriendo a la bioquímica (tal y como se hizo con el hombre moderno, empleando el ADN mitocondrial) se elaboran los árboles filogenéticos (esas gráficas que relacionan a los distintos grupos), es el principio de parsimonia el que rige la elección de los árboles más significativos. Y es que entre todos los caminos posibles, la evolución siempre escoge el más corto.
Incluso hasta en la ciencia de los cristales vemos la influencia de la navaja: el principio de economía aplicado a la química de los cristales nos dice que el número de partes constituyentes (átomos, enlaces,…) en un cristal tiende a ser mínimo. Las estructuras cristalinas tienden a ser simples y ordenadas.

Hay una formulación de esta herramienta muy sofisticada, elaborada de acuerdo a la teoría de la información. Paso a tratar de explicarlo. En ciencia, lo que se pretende es establecer correlaciones entre los fenómenos que se observan (en el laboratorio, en la naturaleza,…) con el objeto de elaborar una generalización, que nos permita explicar ese hecho que hemos observado, y al mismo tiempo, predecir otros nuevos.
Sin embargo, de acuerdo con esto, puede haber muchas teorías para explicar lo mismo.
La idea de teoría es equivalente a la que en la teoría de la información se llama “algoritmo” (un algoritmo es una serie de reglas que nos permiten resolver un problema con un número finito de “pasos”). Por otra parte, la cantidad de información de un mensaje se mide en “bits” (un bit es la mínima unidad de información, que contiene la información necesaria para decidir entre dos alternativas-si o no, 0 ó 1-). Un algoritmo será tanto más útil, cuanto menor número de bits contenga. Ésto, aplicado a la ciencia viene a significar lo siguiente: para explicar un conjunto de hechos, el algoritmo – la teoría – que menos volumen de información contenga, será la más eficaz (explica lo mismo con menos contenido).
Un símil simple sería éste: si las teorías científicas fuesen programas de ordenador, y tuviésemos 3 “programas” para explicar lo mismo, nos quedaríamos con el que ocupase menos espacio en nuestra computadora.
Esta podría ser, por tanto, una formulación más elaborada, o más próxima a una formalización, del célebre principio.

Hasta aquí hemos visto la importancia que puede llegar a implicar el tener en cuenta la parsimonia a la hora de formular una teoría científica. Se comprende el que la navaja de Occam se pueda considerar como una navaja multiusos. Sin duda, Occam fue el “MacGiver” del pensamiento.

La navaja y las pseudociencias

En pseudociencia, muchas veces da la impresión de que se olvidan de ese arma del pensamiento que es la parsimonia.
Cuando se acude a entes etéreos, a extraterrestres, o a supuestas entidades, estamos multiplicando el número de entes.
Es inherente al ser humano la curiosidad, y el afán de saber más, pero estas dos cuestiones en infinidad de momentos nos juegan muy malas pasadas.
Cuando nosotros contemplamos algo extraño, o algo que nos llama poderosamente la atención, inmediatamente pasamos a preguntarnos sobre cuál es la causa que lo produce. Pero muchas veces nuestro desconocimiento del proceso, o simplemente, el que no estuvimos atentos a las circunstancias en que tuvo lugar, o si ya hablamos de una experiencia empírica, el que no delimitáramos adecuadamente las condiciones de la experiencia; todo esto determina el que no le lográsemos encontrar explicación. Este vacío, este hueco, es ocupado por la imaginación, y es en ese momento cuando recurrimos a explicaciones fantasiosas o a teorías pseudocientíficas.
Voy a tratar de poner un ejemplo que creo que es clarificador: supongamos que vemos en el cielo de noche una luz extraña, que hace movimientos que nos resultan inverosímiles. A muchos, la ignorancia nos traerá a la mente el tema de los platillos volantes y de las visitas extraterrestres, e incluso hay personas que lo llegan a defender vehementemente. Pero pensemos. Si alguien nos preguntase, ¿estás completamente seguro, al 100%, que eso que viste no era ningún astro? ¿Estás segurazo que no es ningún fenómeno meteorológico, del tipo de los rayos en bola o el “fuego de los Andes”?¿Podrías afirmar tajantemente que eso que vimos en el cielo no obedece a alguna causa conocida, pero que tu desconocimiento te impide comprender? ¿Estás en condiciones de afirmar que no es ningún artefacto de origen humano, tipo avión? En resumen, ¿dispones de los conocimientos científicos o técnicos suficientes y necesarios para afirmar de manera taxativa que eso que viste, tiene origen extraterrestre?
Me imagino que la respuesta que cualquiera le daría a ese hipotético interlocutor es la misma: no, no lo puedo afirmar al cien por cien.
Es ese hueco, ese vacío en nuestros conocimientos, esa carencia, la que ha de ocupar el principio de Occam, por encima de cualquier creencia o enunciado pseudocientífico. En este ejemplo, vemos como el principo, que en su formulación original nos dice que no hemos de multiplicar el número de entes si no es necesario, se nos revela con toda su imponencia y portentoso poder conceptual.
La explicación más prudente, realmente la única válida, aunque quizás la menos satisfactoria, siguiendo con nuestro ejemplo, sería la que enunciara que no sabemos que es esa luz. Por el contrario, cualquier teoría que afirmase que esa luz tiene origen en artefactos extraterrestres, estaría violando el principio de economía, al multiplicar el número de entes.
Esto se da a todos los niveles, desde la vida corriente, a las teorías pseudocientíficas.
En nuestra vida cotidiana, con mucha frecuencia nos encontramos con sucesos que nos despiertan inquietud. Nos parece ver en ocasiones que los objetos no están donde los habíamos dejado, queremos ver extrañas sombras, a veces nos topamos con curiosas coincidencias,… Son cosas que a todos nos han pasado, pero que en definitiva nos revelan nuestro desconocimiento, no ya solo de tipo científico o explicativo, sino también nuestro desconocimiento de los propios hechos. ¿O acaso podemos describir con toda seguridad las circunstancias en que tuvo lugar eso que nos despertó curiosidad? ¿Podemos afirmar, por ejemplo, el estado del aire, si había alguien más,…?
Suele suceder que esos hechos nos resultan sorprendentes porque, en parte, suceden sin que nosotros lo sepamos, de inmediato, sin ningún aviso. Esta característica ya impide que seamos capaces de precisar las condiciones de ese momento, no podemos afirmar ni negar nada con seguridad, y esa imprecisión es la fuente de donde nace nuestro desconcierto. Es ahí donde Occam nos dice que hemos de ser prudentes, que no hemos de aumentar el número de entes, recurriendo a explicaciones sin ninguna base, y para cuya afimación solo disponemos como prueba de nuestra experiencia (incurriendo en un razonamiento circular).

La pescadilla que devora su cola

A nivel de las “grandes teorías” pseudocientíficas, Occam dispone de manga ancha para asestar con su navaja puñaladas mortales.
Y es que la característica esencial de estas teorías es, por así decirlo, el aumento del número de entes de forma exponencial.
Si hacemos un análisis a un nivel lógico de estas teorías vemos que incurren en lo que los filósofos escolásticos medievales llamaban una “petición de principio”. Dicho con menos petulancia, en un razonamiento circular.
A ver si logro exponer mis ideas de una forma clara.
Supongamos que observamos un fenómeno curioso, aparentemente inexplicable. Los estudiosos de lo pseudocientífico rápidamente propondrán una explicación espectacular.
Pero si nos preguntamos que pruebas presentan a favor de esa explicación, nos damos cuenta que estas se reducen básicamente al fenómeno a explicar desde el principio de la cadena. Es decir, estamos incluyendo el objeto a explicar en la explicación.
Se ve más claro, en forma de diálogo:
-¿Qué quieres explicar?
-El fenómeno paranormal
-¿Qué explicación le das?
-Una explicación paranormal
-¿Qué pruebas presentas para esa explicación?
-El fenómeno paranormal del principio.

Lo definido en la definición. La versión pseudocientífica del pobre perro que, desesperado, persigue a su cola.
Esta forma de razonar no es válida formalmente hablando. Es una forma de razonamiento inconsistente desde un punto de vista lógico, y como tal, no ha de ser considerada en la ciencia ni en ningún sistema de pensamiento que se precie. Para que sea digna de ser tenida en atención, la explicación que demos al fenómeno ha de contar con verificación adicional e independiente del suceso objeto de estudio.
Vamos a pasar a analizar un par de casos concretos.
Empecemos por el que ha sido dado en llamarse fenómeno de las “caras de Bélmez”.
En los años 70, en una casa del pueblo andaluz de Bélmez de la Moraleda, empezaron a surgir manchas en la pared, manchas que aparentemente presentaban forma de caras. La explicación que se le dio procedente del ámbito de lo paranormal fue que dichas caras fueron producidas por supuestas entidades del “más allá”, que se manifestaron de esa forma.
Voy a pasar a tratar de analizar el proceso de pensamiento que se sigue en esas teorías. En primer lugar, advertir que no voy a discutir sobre la veracidad o no de las premisas; es decir, no voy a pronunciarme sobre si las caras son o no son tales caras, puesto que daría para largo y tendido y excede los objetivos que me he planteado con este artículo.
Partimos de un enunciado: tenemos unas manchas en forma de cara en la pared de la casa, y aparentemente, no responden a nada conocido. ¿Qué explicación le damos? Las caras son manifestaciones de desencarnados. ¿Qué pruebas o indicios se aportan a favor de esa teoría? Las propias caras, y captaciones de psicofonías. El que para explicar las caras se recurra a las caras, es un ejemplo clarísimo de razonamiento circular, y revela la inconsistencia de ese razonamiento.
La prueba de las psicofonías requiere una pequeña explicación adicional. Las psicofonías son una cuestión, cuando menos, muy controvertida. Si como argumento de partida para una teoría empleamos pruebas débiles y controvertidas, las conclusiones que obtengamos serán, en consecuencia, débiles y controvertidas a la par.
Muchas veces desde el ámbito escéptico se dice que explicaciones sorprendentes requieren de argumentos igual de sorprendentes. No podemos fundamentar una hipótesis espectacular en pruebas débiles, pues entonces su consistencia será tan débil como la prueba. Recurramos a un ejemplo muy ilustrativo: en una habitación hay 3 personas, y una muere asesinada. ¿Tendría sentido que en el juicio se presentase como prueba el testimonio del uno inculpando al otro?
Aquí pasa algo similar.

Otro caso a analizar podría ser el de los OVNIs (entendiendo por esto toda la fenomenología ligada a la hipótesis ETs). Desde la ufología muchas veces se reportan casos, al parecer, de fenómenos en el cielo difíciles de explicar. Sigamos los mismos pasos de antes. ¿Qué explicación les damos? Son artefactos pilotados por seres extraterrestres. ¿Qué evidencias tenemos para afirmar esto? Las luces de los cielos.
La pescadilla que se muerde la cola, salta a la vista.

Esto mismo que sucede en estos dos casos, sucede en nuestra vida cotidiana, cuando presenciamos cosas que no logramos explicar. Rápidamente, debido a que estamos constantemente viéndolo en televisión y radio, o debido a que oímos testimonios similares de gente conocida, recurrimos explicaciones de la misma índole que las anteriores.
Es importante que no nos dejemos llevar, y que seamos capaces de percatarnos de cuán equivocados que nos encontramos cuando procedemos de esa forma. He pretendido expresar que esa manera de pensar representa una falacia lógica, y que tales razonamientos, han de ser evitados en cualquier forma de conocimiento.
El espíritu crítico, el método y la economía del pensamiento no deben ser olvidados en tales casos.

EPÍLOGO: La curiosidad y sus daños colaterales

Es muy digno el sentir curiosidad ante lo que nos rodea, y el querer encontrar explicación para todo lo que observamos. Eso ennoblece nuestro carácter y nos hace humanos. Pero este insaciable afán de querer ver más no puede cegarnos, y hacernos caer en trampas lógicas, o dejarnos llevar por las ideas inconsistentes formuladas por otros, por muy adornadas que estén o atractivas que resulten. Es mejor reconocer la ignorancia, o el tener que renunciar a una explicación, aun cuando esto represente una insatisfacción, que recurrir a explicaciones asombrosas carentes de método o de estructura formal, que lo único a donde nos llevan, es a nuestra peor percepción de los hechos naturales.